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CRÍTICOS DEL VINO

   

Ni héroes ni villanos

Andrea Bruno

   

En el mundo del vino dos más dos no es cuatro... La extraordinaria variedad de cepas, suelos, climas, costumbres, técnicas y tendencias desbarata toda pretensión de aferrarse exageradamente a conceptos rígidos. Quienes recién se asoman a este universo, a veces sienten frustración o incertidumbre ante la imposibilidad de encontrar o formular reglas que se apliquen a absolutamente todos los ejemplares degustados y por degustar.
A medida que avanzamos en el conocimiento y la experiencia del vino celebramos esa diversidad con mayor convicción, porque son justamente los rasgos distintivos e imprevisibles –las “rarezas”- los que pueden llegar a sorprendernos, expandiendo nuestros horizontes.

Para complicar aún más todo intento de establecer parámetros universales, se suma el aporte de la percepción sensorial. Es algo tan subjetivo, que en sentido estricto no encontraremos una persona que perciba exactamente igual que la otra, aún en los paneles de cata más homogéneos. Por eso los sistemas de puntuaciones tienen validez muy relativa.

Si no existen las reglas absolutas, tendríamos que ser capaces de expresar nuestra apreciación personal sin temor, y con la misma soltura con que salimos del cine diciendo que la película no nos pareció buena o no nos gustó, aún cuando hayamos leído una crítica favorable, o viceversa. Sin embargo, hay muchísimos consumidores que no confían suficientemente en sus criterios.

La profesión de “crítico” en materia de vinos se ha afianzado mucho en los últimos tiempos, de la mano de los medios. El peso que tienen algunos expertos es tal, que algunos hacedores de vinos han llegado al extremo de modificar sus estilos para adaptarse a los gustos de algún famoso periodista, con la esperanza de captar los mercados que siguen al pie de la letra sus consejos. Es por eso que –ante los ojos de muchos amantes del vino- ciertos críticos desempeñan el papel del villano de la película, una suerte de manipuladores que ponen en peligro valores tan importantes como el carácter y la originalidad de los vinos.

Es verdad que cuando uno está comenzando a familiarizarse con el consumo es fundamental contar con el asesoramiento y la opinión de los profesionales. Leer o escuchar críticas especializadas puede ser de gran ayuda. Pero esto no tiene que convertirse en un obstáculo para que los cultores del vino avancen en sus propios conocimientos y se afirmen en ellos.

Y también es cierto que las críticas de los expertos pueden ser una muy buena orientación para los conocedores a la hora de elegir entre marcas y cosechas que no conocen aún. Pero el veredicto de los expertos debe ser utilizado de manera positiva, y en ningún modo tiene que generar inseguridad en quienes en definitiva disfrutarán el vino.

Ante todo, ni principiantes ni conocedores deberían permitir que la opinión ajena anule su gusto personal. El problema, entonces, no está en leer y escuchar a los expertos, sino en creer que sus juicios son irrebatibles, y que sus consejos son leyes a aplicar en toda situación y por encima de los criterios propios.

La cata a ciegas puede ser un buen antídoto contra la tendencia a seguir ciegamente a los críticos. No es infrecuente descubrir que el vino que más nos convence no es precisamente el que tal o cual experto coronó con un montón de puntos, o que el vino que presuntamente tendría que haber sobresalido pasó por nuestros sentidos sin pena ni gloria.

No deberíamos olvidar que, por más confiable que sea el crítico, siempre estará evaluando los vinos desde su historia, formación y gusto personal, que no necesariamente coincidirán con los nuestros. Con el tiempo, uno llega a identificar las tendencias que marcan sus elecciones, y en muchos casos sus comentarios se tornan previsibles.

Alguna vez leí que quienes pretendan seguir incondicionalmente esos dictámenes deberían hacerse expertos en el conocimiento de los críticos a la par que en el de los vinos, y estoy de acuerdo. Pero aún cuando uno conozca a fondo el desempeño de los especialistas y descubra que –por ejemplo- es más afín a los criterios de la periodista inglesa Jancis Robinson que a los de su colega americano el archifamoso “gurú” Robert Parker, no debería tomar como verdades incontrastables los consejos de aquella, o desechar sin más las opiniones de este último.

Los críticos de vinos no son héroes a seguir incondicionalmente, pero tampoco son villanos. Depende de nosotros tomar y procesar sus opiniones con prudencia. De ese modo, su aporte al mundo del vino no será limitante, sino instructivo y estimulador.

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